Entonces le pregunté al tendero si el gato era suyo y me dijo que no. Ante mi insistencia comenzó a molestarse.
- Es un gato viejo -dijo sin una pizca de humor- Hace días que ronda el vecindario y hace dos que eligió mi ventana como guarida. No sé de donde ha salido.
- ¿Por qué no le ha preguntado?
- No sea zonzo -dijo el tendero de mala gana- Ya le he dicho que es un gato viejo. No es seguro que responda y, si lo hace, todo lo que diga serán sandeces. Uno sólo puede esperar que le sobrevenga la muerte o decida marcharse.
- Entonces -arriesgué- si no es suyo podré llevármelo.
- Puede intentarlo. Si lo convence es todo suyo.
Así que me despedí del tendero y salí fuera a intentar convencer al gato.
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