miércoles, 26 de junio de 2019

Hojarasca



Cuando estaba llenando el vaso, Guzmán sintió esa débil hojarasca que caía sobre su cabeza.  Entonces se levantó de la silla de hierro, sacó el arma que tenía sujeta al cinto y esperó a que  cantara algún pájaro. Cualquiera. No era necesario que fuese un ruiseñor ni un zorzal. Solamente  un pájaro, con un gorrión insulso sería suficiente.
Finalmente lo escuchó, tan patente y real que resultaba insoportable.
Entonces apuntó hacia la casa y disparó tres veces.
Las balas entraron por la ventana de la puerta trasera, dieron contra alguna pared, se sintió un  siseo que fue aumentando en intensidad y la casa empezó a desinflarse.
Poco a poco, fue perdiendo su masa, los costados se hincharon, el dintel se cayó sobre sí mismo  como un anciano que posara su mentón sobre el pecho.
La casa fue perdiendo volumen hasta quedar hecha un amasijo, allí desinflada sobre la grama.
Se guardó el arma en el cinto, Guzmán volvió a sentarse en la silla de hierro, puso una mano en  su pera y siguió pensando. Las hojas seguían cayendo.

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