Cuando estaba llenando el vaso, Guzmán
sintió esa débil hojarasca que caía sobre su cabeza. Entonces se levantó de la silla de hierro,
sacó el arma que tenía sujeta al cinto y esperó a que cantara algún pájaro. Cualquiera. No era
necesario que fuese un ruiseñor ni un zorzal. Solamente un pájaro, con un gorrión insulso sería
suficiente.
Finalmente lo escuchó, tan patente y
real que resultaba insoportable.
Entonces apuntó hacia la casa y disparó
tres veces.
Las balas entraron por la ventana de la
puerta trasera, dieron contra alguna pared, se sintió un siseo que fue aumentando en intensidad y la
casa empezó a desinflarse.
Poco a poco, fue perdiendo su masa, los
costados se hincharon, el dintel se cayó sobre sí mismo como un anciano que posara su mentón sobre el
pecho.
La casa fue perdiendo volumen hasta
quedar hecha un amasijo, allí desinflada sobre la grama.
Se guardó el arma en el cinto, Guzmán
volvió a sentarse en la silla de hierro, puso una mano en su pera y siguió pensando. Las hojas seguían
cayendo.
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